Temperamento, carácter y personalidad en la infancia

La infancia es uno de los momentos más importantes del ser humano. Venimos al mundo dotados de un temperamento inscrito en el código genético, una forma de reaccionar ante la vida, los recién nacidos son fáciles de llevar o difíciles, reactivos o tranquilos, su temperamento ayuda o dificulta sus primeros meses de crianza, así, el niño que llora mucho, duerme mal, se irrita enseguida o es difícil de calmar genera estrés en los padres, mientras que el que duerme y come fenomenal y es literalmente “un santo” facilita la difícil tarea de la crianza. Si los padres consiguen entender y adaptarse a las tendencias de su bebé podrán regularle y moldearle para el desarrollo de un carácter determinado, la forma de comportarse, de reaccionar y de emocionarse durante los años de la infancia tiene un impacto fundamental sobre la que será su carta de presentación cuando lleguen a la edad adulta, la personalidad.

Los expertos coinciden en establecer que la llegada a la juventud coincide con la cristalización de la personalidad, es decir, aquellos rasgos que nos definen y por los que somos reconocidos a pesar del paso del tiempo, sin embargo, la personalidad no es inamovible, la vida, las experiencias y el cambio de etapas vitales nos moldea, quedando quizá la huella de quienes somos en el acto de ser reconocidos, “si ya sabía yo que tú no podías decir esas cosas”, “yo te conozco muy bien y sé cómo te sientes”, “ mira que has cambiado pero en el fondo sigues siendo la misma persona”.

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La infancia es la construcción de los pilares de nuestra futura casa

A lo largo de la infancia se perfila casi todo lo más importante sobre lo que después se irán poniendo vivencias y contenidos. La infancia es el momento de mayor plasticidad cerebral, lo que quiere decir que el cerebro evoluciona con rapidez a través de un aprendizaje constante y profundo, las estructuras cerebrales se van modificando y se multiplican las conexiones neuronales de una forma increíblemente potente. Todo lo que se capta en la infancia (básicamente todo lo que sucede a nuestro alrededor, con más o menos consciencia) se consolida como un huella en el cerebro, especialmente aquello que está impregnado de experiencias emocionales importantes.

¿Significa esto que la infancia define nuestra forma de ser?

Esto sería como decir que el primer amor marca el resto de relaciones sentimentales de nuestra vida. En realidad la forma que tenemos de ser va modificándose a través de la experiencia ya que se incorporan vivencias nuevas que transforman constantemente lo anterior, de hecho sería impensable que nos recordemos a la edad de 8 años y nos reconozcamos como los mismos de entonces, y si así es, necesitaremos ayuda. Lo que sí define la infancia es la forma de vincularnos, el tipo de apego que ponemos en marcha en cada relación, la tendencia a mirar el mundo con unos prismáticos determinados, la manera de querer y ser querido, las expectativas acerca de uno mismo y del mundo que nos rodea y una serie de patrones que tienden a repetirse a lo largo de la vida y que en muchos casos precisan de intervenciones terapéuticas para tomar conciencia de ellos y poder así modificarlos.

Nuestra forma de ser definida por la infancia

Todas estas tendencias tienen que ver con la forma de ser y de comportarse de cada uno, pero sobretodo con la forma de sentir. No obstante, aun siendo una base de tremendo impacto a lo largo de la vida no tiene por qué definir nuestra forma de ser de una forma absoluta, ni mucho menos. En la vida las transformaciones son continuas, lo que nos sirve en un momento deja de ser válido en otro y lo que nos generó dolor termina por convertirse en virtud, lo que fuimos y lo que somos pasa por el cambio permanente para colocarnos en nuevos caminos y maneras de adaptarnos a la realidad vivida.

Primeros años de vida

La forma de ser, de relacionarse, de vivir o de sentir tuvo sus cimientos en los primeros años de vida, en ocasiones con tal envergadura que dificultan los cambios y someten a la persona a una serie de repeticiones que dificultan su evolución, pero en la mayoría de los casos son únicamente el soporte sobre el que ir construyendo el resto con las modificaciones necesarias que se van incorporando poco a poco a lo largo de la existencia. Algo queda en nosotros que nos hace sentir la continuidad de nuestra identidad, por supuesto, ese algo que nos define y nos sirve para reconocernos aun con el paso de los años, pero la forma de ser varía, inevitablemente. La vida se encarga de dar luz sobre todo aquello que nos sirve aun y nos empuja a adquirir nuevos aprendizajes necesarios para apuntalar allá donde solemos quebrarnos.

La vida es la gran escuela, la pizarra sobre la que se dibuja una y otra vez por encima de los primeros garabatos que se inscribieron en la infancia, dando formas cada vez más complejas y evolucionadas de lo que somos y de lo que los otros consideran acerca de lo que somos, lo que fuimos y de lo que seremos.

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