Amor en la madurez

Obviamente el amor no tiene edad, en la madurez también podemos encontrar el amor. El amor es un sentimiento universal y atemporal, es una emoción compartida que surge en las relaciones vinculares cuando el afecto roza la intimidad con el otro y se convierte en una necesidad de querer y ser correspondido. Cualquier etapa de la vida adulta es óptima para encontrar el amor, y es que el amor no entiende de edades ni de sexos ni de razas ni de idiomas, es sencillamente un código emocional válido para los que están abiertos a experimentar y a vivir sin prejuicios. El amor nos encuentra cuando estamos preparados para la entrega y también para recibir, ni antes ni después.

¿Podemos enamorarnos como la primera vez en la madurez?

Cierto es que el paso de los años moldea la forma de enamorarnos y en general, la forma de emocionarnos. Las primeras experiencias amorosas son vividas con una gran expansión e intensidad dada la novedad, no hay aun decepciones ni daños graves, todo está por llegar y se abraza la vida sin defensas. Esta percepción de grandiosidad se va perdiendo con la exposición a la realidad que brinda la experiencia, atenuándose la vivencia emocional, concretamente, la ya conocida. Sin embargo, en términos generales, quizá es el grado de enamoramiento lo que varíe esencialmente, ya que en su contenido, a saber, la ilusión, la esperanza, la expectación, la alegría, el vértigo, la falta de concentración o los pensamientos recurrentes sobre el objeto amado, son similares. Nos volvemos a enamorar, sí, eso sí, no como la primera vez, esta vez con matices. Recuerda mantener el romanticismo.

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¿Se vuelve a sentir lo mismo?

¡Sí!, se vuelven a sentir mariposas: “No puedo dejar de pensar en lo que pasó anoche”, “Me siento vivo de nuevo, como un adolescente”, “De pronto me inunda la ilusión de nuevo”. Ahora bien, enamorarse en la madurez implica también hacerlo de otra forma y si hubo un gran amor en la juventud es difícil que pueda sentirse de la misma manera. Con los años cambiamos y también lo hace nuestra forma de relacionarnos y de querer, lo cual no significa que no sea igual de bonito, de hecho, en muchos casos resulta aun más reconfortante, con más perspectiva, con más experiencia, con más claridad, con más vida, nos encontramos en un momento vital donde tenemos mucho más que aportar y más que contar, donde tenemos más conciencia de nosotros y del otro, aquí, el amor, ya no es ciego.

 ¿Qué esperamos de un amor que llega tarde?

Cuando ya se ha escalado la montaña de la vida y nos hemos desarrollado en lo fundamental, cuando hemos sentido los sin sabores del amor, los embistes de la decepción y regalamos tiempo a quién no supo o no pudo nutrirlo, del amor se espera más sosiego que pasión, más confianza que aventuras, más seguridad que esperanzas, más templanza en general y más realidad, somos lo que somos y no lo que deseamos que sea el otro. El amor en la madurez puede ser el amor verdadero cuando se dejan atrás el dolor,  las pérdidas, el rencor y la tristeza, lo encontramos seguramente cuando pudimos elaborar las vivencias previas sin señalar culpables, ni agresores ni víctimas, cuando conectamos con el valor de nuestra propia existencia y nos permitimos aquello de volver a enamorarnos. Las necesidades en la madurez son bien distintas que en la juventud, lo que hará que cambien las expectativas depositadas en una relación de pareja, ahora no busco que me enseñes el mundo, más bien que me acompañes y acompañarte en el último tramo que nos queda por vivir sin más pretensiones ni exigencias.

Coger el último tranvía.

Cuantas veces hemos escuchado esta expresión en un intento de despreciar al que se emparejó más tarde de lo esperado, pareciera que la propia sociedad señalara a aquellos que no fueron capaces de comprometerse cuando les correspondía. Afortunadamente los tiempos han cambiado y el amor no se encorseta únicamente a las presiones implícitas del paso de los años. Uno se enamora cuando llega, no hay leyes en esto, uno se siente preparado cuando puede y debe respetar sus tiempos, es así como el amor funciona, es caprichoso, es variable y de nada sirve tratar de provocarlo antes de que sea tarde. Así que tendremos que coger los tranvías que queramos, cuando podamos y así lo deseemos. Y si es el último tranvía, pues entonces habrá que subir sin mirar atrás, permitirse vivir y experimentar uno de los estados emocionales por los que todos deberíamos deambular de vez en cuando, el enamoramiento.  Sin duda alguna, ¡No importa la edad, el único requisito para encontrar el amor es estar vivo!

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