Queremos más felicidad

Puesto que la felicidad es un concepto amplio, abstracto y subjetivo difícil será que podamos establecer que aporta más felicidad y las fuentes que la generan sin tratar de hacer algunos apuntes y reflexionar un poco sobre qué es lo que encontramos en el sexo y que es lo que encontramos en el dinero.

Si me tocase la lotería…buf

Y si me toca la loteria, tendré más felicidad

Vivimos en una sociedad de consumo, en la que la adquisición de bienes materiales o el consumo de servicios de bienestar y ocio se llegan a considerar casi como elementos de primera necesidad, lo que nos coloca en la ansiedad de conseguir entradas de dinero y abundancia para poder sentirnos libres dentro de esta maquinaria social creada para ganar y gastar.

La realidad cae por su propio peso. El dinero en sí no genera más felicidad, de hecho para muchas personas es fuente de sufrimiento y problemas porque se ponen en marcha relaciones también basadas en el “cuánto vales y cuánto tienes”, lo que lleva a colocarse en posiciones donde el amor y el afecto tienen poco espacio, ocupado más bien por el interés y el beneficio de relacionarme con el otro.

Dice la sabiduría popular que “el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla”. Lo que el dinero permite es la cobertura de algunas de las necesidades humanas, a saber: vivienda, alimentación, seguridad, entre otras; sin embargo este dicho tiene más que ver con esa tendencia de las personas a colocar la felicidad en el futurible en forma de mandatos ilusorios que aseguran que la felicidad se alcanzará cuando se consiga una casa, un coche, un viaje, un apartamento en la playa, “cuando tenga…entonces estaré bien”. Y podríamos decir que, efectivamente, al adquirir bienes gracias al dinero que se posee hay una sensación inicial de euforia, de bienestar, de motivación, de éxtasis en algunos casos, sin embargo, cuando cesa ese primer encuentro con el logro conseguido la curva de la felicidad vuelve justo al mismo lugar donde se encontraba anteriormente.

El dinero no da más felicidad Click to Tweet

El dinero por tanto, no da más felicidad. Da tranquilidad, permite la expansión de alguna forma del ser humano al salir a flote de la precariedad y si sabe gestionarlo entonces logrará tranquilidad y bienestar. Pero felicidad…es una palabra demasiado grande para el dinero. Solo hay que observar a los que lo poseen y terminan siendo poseídos por él en una avaricia que nunca encuentra su templanza, buscando incesantemente llenarse de más dinero que lejos de hacerle sentirse más feliz se encuentra con el miedo a perderlo todo cada día.

Y… el sexo, ¿es el elixir por el que tendremos más felicidad? 

El sexo entendido como el encuentro libre de dos adultos que son capaces de entregarse el uno al otro en un intercambio de caricias, besos, abrazos, excitación, deseo, pasión y complicidad, posiblemente pueda convertirse en una gran fuente de felicidad. El sexo bien entendido, sin egoísmos, sin frialdad, sin utilitarismos, sin desprecio por el otro, sin infantilismos, es un encuentro hacia la vida, una forma de comunicación piel con piel que no necesita de ningún otro lenguaje más que el del propio cuerpo y que conecta con la zona más disfrazada en otros contextos: el instinto. Como seres humanos necesitamos el contacto con los demás, necesitamos la piel del otro para sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. El sexo es la puerta a la vida y en él también se encuentra la comunicación más íntima y profunda que podamos establecer con otros con los que deseemos conectar en lo sexual.

Más felicidad, ¿El sexo?

Sin embargo, el sexo carente de afectividad, el sexo inmediato, útil en un momento, el sexo rápido, sin conectar con la otra persona más que en lo meramente corporal, sin un interés por el otro más allá de su propia genitalidad, como mucho podrá aportar un momento de bienestar, diversión y relajación, si es que lo logra en esas condiciones, pero esto poco tiene que ver con la felicidad. De la misma manera que llegó el bienestar percibido, se irá disipando tras el encuentro, no parece por tanto  generador de un estado de genuina felicidad, a lo sumo algo relacionado con el ego y la autoestima.

La sexualidad humana es bastante compleja, requiere complicidad, intimidad, interés por el otro en todas sus facetas, afectividad y conexión emocional para convertirse en una fuente de gratificación a medio y a largo plazo. Y cuando es bien entendido y atendido entonces se transforma en un lugar de encuentro, de cuidado y de afecto, no necesariamente amoroso ni sentimental pero sí bajo la premisa de que para ambos sea saludable y enriquecedor. En este sentido, el poder que adquiere el sexo en cuanto a acercarse a la felicidad supera con creces al que pudiera proporcionar el dinero, especialmente cuando ya se tiene.

Sexo y dinero… ¿los motores del mundo?

Probablemente, pero en su mayoría mal entendidos. Las reglas con las que operar deben ser aplicadas con sentido común si el deseo es perseguir el bienestar pleno. Ni el sexo ni el dinero otorgan la felicidad por el hecho de tenerlos, habrá que dotarles de sentido práctico y emocional y cubrirlos de muchas habilidades personales para hacer de ellos fuentes de gratificación que no sean solo inmediatas, sino que transformen nuestra realidad en algo mejor de lo que era, en algo que merezca la pena y donde el bienestar de los demás sea algo tan importante como el propio. En el fondo, sin generosidad, ni respeto ni amor, la felicidad resulta inalcanzable.

Nosotros no tenemos dinero y creo que tampoco sexo ¿Pero? si nos compartes nos harás más felices

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