Primer amor en la vida

El primer amor ¿Es acaso el más importante? ¿El primer amor deja huella necesariamente? ¿Es el amor que marca el resto de nuestra vida emocional? ¿El primer amor es el único por el que sentiremos con tanta intensidad? Cada una de estas ideas ha ido calando en la sabiduría popular, hasta el punto de emerger en nosotros como pensamientos propios mientras tienen más que ver con el aprendizaje social. La realidad es que NO necesariamente el primer amor es el más importante, ni es decisivo, ni el más intenso, ni el único, ni el que marcará nuestra existencia, sencillamente es el primero y en estos términos suele ser recordado.

El paso de la niñez a la pubertad está marcado biológicamente por los cambios físicos que experimenta el cuerpo con el desarrollo secundario de los caracteres sexuales, la aparición de acné, el aumento del bello y el olor corporal. A su vez, en la esfera emocional, el púber se enfrenta a constantes desequilibrios donde las emociones son vividas en forma de montaña rusa, aparecen, cambian y desaparecen repentinamente, en forma de catarsis y con una intensidad que únicamente pueden entenderse por la actuación del hipotálamo y la hipófisis, estructuras cerebrales que sintetizan las hormonas necesarias para que el niño se transforme en un volcán impredecible.

Primer amor

Durante el primer amor se produce el despertar del sexo

Comienza el interés por el sexo, se vuelven curiosos y empiezan a investigar a través de sus fuentes de confianza, normalmente los iguales. Se inician en el juego de mirar con otros ojos a los que antes veían como compañeros de juegos y batallas, los colegas, compañeros, amigos y vecinos han cambiado, emerge un interés diferente hacia ellos, algo del orden libidinal que despierta sensaciones nuevas y placenteras aun con solo imaginarlas. La infancia sin duda llegó a su fin. Donde residía el niño ahora habita un principio de adolescente libidinoso movido por las dudas, la amistad, los miedos, el amor y el sexo, sí, el sexo, aunque comience a solas.

En muchas ocasiones los primeros amores son los platónicos, vividos en esencia como amores reales en sus sensaciones físicas y emocionales. El amor platónico es el idealizado, es el profesor admirado y amado secretamente, el icono del cine con quien se sueña cada noche e imagina como compañero del amor experimentado, el fenómeno fan, donde se eleva a las estrellas al mismísimo cielo para alcanzar a tocarlas en un éxtasis de arrebato erótico, sintiendo auténticas sensaciones pasionales que incluso por ser insoportables en su disfrute lleven al desmayo. El amor platónico muestra ese ensayo donde aprender a idealizar al otro para poder emerger en las cuestiones del enamoramiento y la excitación.

En este estado de conciencia, la primera caricia, una mirada intensa, el primer beso o la primera discusión son vividos con una intensidad propia de la primera vez, sensaciones nuevas que rasgan, cortocircuitan el sentido común, acompañadas del fervor emocional que pocas veces podrá aparecer más delante de la misma manera.

El primer amor, la primera caricia Click to Tweet

El púber sufre constantes secuestros emocionales y de la misma forma que se enfada, se desespera o se entusiasma también se enamora: sin medida. La sexualidad que hasta ahora yacía latente aparece exuberante y se toma contacto con el impulso erótico, más poético que físico, pero encaminado a encontrarse con ese primer recuerdo, ese otro en el que proyectar los deseos y encontrar muestras de correspondencia.

Camino hacia el deseo de ser adultos se topan con modelos idealizados mediáticamente que no son más que semejantes en edad y sexo guionizados para volcar en ellos el éxito y la madurez, modelos imitados en su apariencia y en sus gustos como figuras de las que imitar comportamientos que les dirijan a adquirir una identidad nueva.

La química del amor

El sistema endocrino hace su trabajo liberando la hormona del deseo, la testosterona, que será quien capitanee los primeros encuentros y favorezca los primeros amores. Con la ayuda de la avalancha erótica en los medios de comunicación y la entrada más temprana en la secundaria las vivencias de enamoramiento y las primeras conductas sexuales es posible que se hallan adelantado en edad y por tanto corren el riesgo de no ir parejo con la madurez sexual y psíquica.

El enamoramiento en el púber le vuelve distraído, ensimismado, sus intereses cambian y se concentran en el objeto de amor, padres, amigos, aficiones y estudio quedan relegados a un segundo plano y camina por su vida suspirando y palpitando por la admiración y el deleite que siente, no duerme, no come, no pude pensar en otra cosa, se torna obsesivo y los cambios bruscos de humor aparecen con más frecuencia que nunca. Esta exaltación de las pasiones no se alarga demasiado en el tiempo, bien porque el fervor se transforma en una relación o bien porque se acaba, normalmente con un coste emocional elevado que tiene relación directa con el relato que se hace de la vivencia desgarradora que además supone una despedida.

En definitiva todo sucede, antes o después, las primeras veces ocupan un lugar único en nuestra vida experiencial, máxime cuando son vividas en pleno fervor hormonal y en un sentimiento de omnipotencia desde el que se otorga a las vivencias un significado exclusivo que nadie puede entender, menos aun los adultos que tratan de entrometerse dando lecciones que no acogen con facilidad por sentirse incomprendidos.

Y esta es la huella de memoria que deja el primer amor, intensa, confusa, iniciática, mejorable, ingenua, a veces imborrable, a veces idealizada pero sin duda, aunque no sea la mejor ni la más importante, siempre será la primera.

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