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"Momo
o una visión de futuro a
través de los ojos de una niñ@"
por
Alejandro Moltó Borreguero
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Michael
Ende fue, y sigue siendo aunque sea en nuestra memoria,
un escritor ligado a la literatura infantil y juvenil.
Con títulos escritos como “la historia
interminable”, Jim Botón y el maquinista”,
“momo” y un sinfín de cuentos breves
configuró una parte importante de su obra literaria.
Trabajos que se complementan con otros más
adultos como son “el espejo en el espejo”
y “la prisión de la libertad”.
Momo,
enmarcado dentro de sus obras para público
adolescente, se convierte en otro "Principito"
literario subestimado por muchos lectores incapaces
de encontrar en él la fuerte crítica
social y ese grito de esperanza que Ende suplica a
modo de cuento.
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Escuchar.
¿Parece fácil, no? Pues bien, esta es
la única característica de la protagonista
de este cuento. La pequeña Momo no tiene poderes
especiales que la ayuden a combatir el mal, que la
ayuden a combatir a la sociedad de consumo. Tan sólo
sabe escuchar…
La acción se desarrolla en una época
indeterminada, en un lugar X en el que hay dos escenarios:
la ciudad (símbolo de progreso continuo) y
el anfiteatro (cuna y memoria de todo aquello que
fue y que perdura a pesar del tiempo…) en el
que vive la niña abandonada Momo. Esta indeterminación
permite situar la historia allí donde el propio
lector se encuentre o sienta que se aluda.
Un día en el anfiteatro aparece una niña
sin padres, sola, descuidada. La gente de los alrededores
decide adoptarla. Pronto, todos empiezan a sentirse
mejor, porque tienen a alguien que les escucha. La
pequeña Momo no da consejos ni cura con una
varita mágica, ni nada de eso. Solo escucha.
De
pronto los hombres grises hacen acto de presencia.
Su única finalidad es ahorrar el tiempo que,
según ellos, desperdician los hombres. La ciudad,
nosotros al fin y al cabo, se deja seducir por ellos.
La idea de guardar el tiempo en cajas de ahorros para
poder utilizarlo después es algo maravilloso.
El problema es que para ello no han de desperdiciar
ni una gota. Han de trabajar más rápido
(producción en cadena), comer más rápido
(autoservicios), no destinar más que el tiempo
necesario a los niños (internarlos en colegios
cuando no están con los padres, nada de dejarlos
sueltos porque molestan a los que trabajan), han de
pensar en lo que les llevará al éxito,
concentrarse en el trabajo e ir más deprisa
(estudiar y leer aquello íntimamente ligado
a la función que desempeñarán,
jugar a algo productivo como ordenar fichas en casilleros…)
Poco a poco Momo se va quedando sola, nadie tiene
tiempo para hablarle y ella, sin hacer nada, tiene,
paradójicamente, todo el tiempo del mundo.
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No
pretendo hacer un resumen ni acabar contando como termina
el libro, pues recordemos que estamos ante un cuento,
pero sí contaré qué pretendió
el autor con este libro.
Michael Ende planteó allá por los años
70 con “Momo”, una visión de futuro
sobre una sociedad que estaba dejándose llevar
por un capitalismo y consumismo alienante capaz de convertir
los últimos rasgos de personalidad en una mancha
gris llamada aldea global.
Los hombres grises no son más que un retrato
de la comunicación, publicidad y grandes compañías
capaces de dirigir sociedades enteras. Son un retrato
de una política que impulsa a la consecución
de riqueza sin ton ni son. Riqueza volátil que
se ve reflejada en cómo los personajes del libro
por mucho que ahorren cada vez gozan de menos tiempo.
Dejemos claro que el tiempo supuestamente ahorrado pasa
a ser propiedad de los hombres grises. Nosotros, en
definitiva pasamos a ser esclavos de esta sociedad que
nos ata de tal manera que nos impide ser niños
y “malgastar” nuestro tiempo jugando, riendo,
pensando o viviendo.
Y de la misma manera en que nosotros empezamos ser títeres
de los hombres grises, éstos acaban siéndolo
de todo cuanto han creado tal como se recoge al final
del libro. Los propios hombres grises, el propio sistema,
acaban siendo dependientes, esclavos de ellos mismos.
En un capitulo del libro, los hombres grises, al ver
que Momo puede desbaratar todos sus planes (puesto que
si todo el mundo se tomase la vida de la misma manera
que ella no existirían estos hombres grises)
intentan eliminarla ofreciéndole una muñeca
fabulosa capaz de hacer de todo. Incluso hablar: “soy
bebenin, la muñeca perfecta.” “Todos
te envidian.” “Quiero tener más cosas…”.
Como complemento, esta muñeca viene acompañada
de toda clase de de vestiditos e incluso amigos que
la acompañan. El arma con la que pretenden luchar
los hombres grises, en un primer momento es un adormecimiento
de la imaginación unido con esa incesante necesidad
por la compra de complementos para edulcorar ese grado
de satisfacción que esta sociedad, los hombres
grises, han conseguido crear a base de tener más
y más.
Cabe preguntarse si esa muñeca era pura invención
del autor o simplemente tuvo visión prospectiva
de todo en lo que se convertiría incluso un juego
para niños: dinero, negocio y consumo. Y quizás
sólo falló en el nombre de la muñeca
siendo Barbie (ya bastante famosa por aquel entonces),
por poner un ejemplo, un nombre más adecuado… |
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Los
hombres grises no consiguen de esta manera contrarrestar
los poderes de la niña. Escucha incluso a ellos
y descubre lo que nadie ve ni oye: ansias de poder,
la necesidad de consumir y al mismo tiempo la debilidad
de un sistema que se sustenta bajo el endeble humo de
los cigarros que estos hombres grises fuman. Que no
es más que una droga obtenida a través
de nuestro esfuerzo y ceguera. Y que como toda sustancia
con la capacidad de “enganchar” nos insta
y obliga a continuar con esa farsa que nos hace no vivir
y sí soñar con algo que sabemos que nunca
llegará a ser.
El segundo intento por eliminar a la niña es
el de hacer lo que hoy es habitual con los que tienen
algo que decir: silenciarlos. Exprimen tanto el tiempo
de las personas que las transforman en máquinas
que repiten una y otra vez los mismos patrones de conducta
para agilizar el trabajo. El resultado es una negación
de la propia persona como tal. Una subordinación
de la persona a un sistema que le impide gozar y abrir
los ojos.
Momo, al final, consigue su objetivo y devuelve el tiempo
perdido a las personas. Todos lo celebran en el anfiteatro.
No en la ciudad.
Ya he dicho que es un cuento y por tanto el final es
feliz pero queda un sabor agridulce que nos hace plantearnos
si esa ciudad y personas de las que habla Michael Ende
no somos nosotros.
Es un libro que tendría que ser de obligada lectura
para los estudiantes de publicidad. Ofrece una visión
de futuro que sin llegar a la crudeza de otros libros
como “un mundo feliz” es capaz de transmitirnos
una imagen de nuestro mundo que poco a poco se está
volviendo gris.
Lo
bueno de esta obra y en lo que gana a el resto de literatura
de este tipo es que al ser, aparentemente para un niños
puede hacer que desde pequeños empecemos a concienciarnos
de este problema que nos rodea. Pero quizás,
como he dicho, los hombres grises pueden silenciar a
los que tienen algo que decir y por ello hayan hecho
que este autor sea considerado un escritor para infantil
dando a pensar que sus cuentos son eso simplemente,
cuentos… |
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Alejandro
Moltó Borreguero es estudiante de tercero de
Publicidad y RR.PP. en la UA.
E-mail:
alex.m@guay.com
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