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"No podéis hacer nada contra mí, queréis anularme pero yo estoy muerto. Y sabéis que un muerto no puede morir... Ahora qué?" |
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| Aquel día me levanté tarde. No tenía mucho que hacer, puesto que unas semanas atrás me habían tirado de mi último trabajo. Al jefe no le parecía apropiada mi "pinta"... pero daba igual. Ser mensajero tampoco era algo que me apasionase. Tenía suerte. Mi padre estaba trabajando y mi madre tampoco daba señales de vida. Seguramente estaría haciendo la compra o cualquier otra tarea relacionada con el hogar, así que esa mañana no tendría que aguantar uno de sus sermones... que si 27 años son muchos para seguir en casa, que si debería arreglarme y vestirme como una persona normal, que si tenía que buscar otro trabajo... Mis padres no lo podían entender: Yo no estaba dispuesto a participar de ese juego. Me negaba a ser el esclavo de una oficina durante ocho horas al día (aparte de otro puñado de horas extras) para tener un sueldo de apenas 1000 euros. Tampoco podía entender como mi madre, a pesar de tener un buen nivel de estudios, podía verse relegada a limpiar una casa y cocinar mientras día tras día esperaba que mi padre la sacase a cenar, al cine o simplemente a dar un paseo. Él en cambio prefería tirarse en el sofá con una cerveza en la mano a ver un Algeciras - Getafe. |
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Yo, simplemente, me negué a seguir ese camino. No quería ser, como decía Pink Floyd, otro ladrillo en el muro. Por eso, aquel día, como cualquier otro, me levanté y, tras lavar mi cara cuidadosamente para no golpear alguno de mis piercings, me puse mis mallas negras y rojas. Me enfunde en una carcomida camiseta que dejaba entrever a duras penas, fruto de continuos lavados, una semiborrada A de anarquía, y aferré a mis muñecas un par de pulseras de pinchos. La gente no lo entiende, pero esta es mi manera de decir no al sistema, al mundo en el que me ha tocado vivir. Tras el desayuno no me quedó más remedio que salir a dar una vuelta por la calle: La programación de la tele era inaguantable, y me pareció la mejor opción frente a resúmenes de Gran Hermano, estrellas (fugaces) de la música y corrillos de pseudo-periodistas desnudando a los famosillos de turno. Pero ojalá me hubiera quedado en casa. |
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Aquel día, desde que salí del portal noté que algo había cambiado... acostumbrado a las miradas del vecindario y a los cambios de acera de los transeúntes se me hizo extraño el que, de repente, pasase totalmente desapercibido entre la multitud. Por una vez sin darme cuenta me sentí dentro de la masa... y sin saber como, fuí deambulando hasta llegar al centro de la ciudad. Allí descubría algo que cambiaría mi vida. Los escaparates que hasta hace poco albergaban la moda más cool estaban llenos ahora de maniquís que parecían sacados de un concierto de los Sex Pistols. Las gentes se agolpaban en las colas de las cajas dispuestos a la adquisición de camisetas con hoces, martillos y estrellas. Allá donde mirara encontraba manguitos a rayas, alfileres y cinturones de tachuelas... me sentía como si, de repente, todo el mundo estuviese ordeñando mi vaca sagrada. |
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Y fue en ese instante cuando realmente me di cuenta de lo que había pasado: Yo siempre había huido de la moda, pero eso no había sido bastante. Ella me había encontrado... harta de esperarme, la moda vino a mí. Desde entonces nadie me ha vuelto a mirar como a un bicho raro. A vuestros ojos he dejado de ser ese azote que decía que algo no funcionaba en vuestro mundo. Ya no soy molesto ni polémico, y ni tan siquiera tengo una ideología... En resumen, he dejado de ser un antisocial para ser un modelo al que todos observan en una pasarela... En resumen, ahora sólo soy moderno. |
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| Daniel Varillas Dorado es estudiante de Publicidad y RR.PP. en la Universidad de Alicante. | ||||||||
| E-mail: elvarillas@hotmail.com | ||||||||
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